Carta de una exiliada de Aranda de Duero

Hoy queremos publicar una carta de Teresa, una lectora castellana de esta bitácora, que en la posguerra tuvo que emigrar de su tierra, donde su familia lo perdió todo o casi todo, Catalunya fue su tierra de adopción. Triste historia la de Castilla que expulsa a sus hijos honestos y trabajadores, y quiere dar de comer a caciques y a corruptos. Nuestro pequeño homenaje, el Canto de Esperanza, de Nuevo Mester de Juglaría.
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Verano, agosto, vacaciones, tiempo de viajes, momento de reencuentro familiar. Esa familia mía. Regreso fugaz a la tierra que nos vio nacer. Miles lo hacemos, miles nos acompañan, maridos, esposas, hijos, amigos.

Desde el primer regreso siempre me han recibido del mismo modo: “hola catalana…”, y dicen bien.
Mi originen fue uno, fue circunstancial. Nací en el seno de una familia a la que quiero mucho.
Desde la distancia siempre me acuerdo de mi familia, también de aquella tierra que sentía como mía.

Tierra que, como tantos otros, sufrí. Tierra que nos desarraigó, a la edad de diez años. Me echó, allí no podía tener futuro, el futuro no dependía del diablo, dependía del momento, era la postguerra, de los que “ganaron”. Muchos pasamos por esa situación y muchos regresamos a la tierra que nos vio nacer. Con tristeza. Ver dónde siguen.

Tierra a la cual regreso, sin orgullo de ella, más bien con dolor. Tierra que no olvidó mi historia, no olvidó el por qué. De ese pueblo duro, castellano, de secano, muchos tuvieron que marchar, otros no pudieron. Llenas las cunetas, de dolor están.
Pueblo donde quienes se quedaron, no hace falta decir el por qué, no marcharon. Incautaron bienes, tanto de los que marcharon, como de los que, de madrugada, dejaron de ser. Pasaron a ser recuerdo y dolor. Otros callaron, otros resignados, éstos con dolor. Unos “prosperaron”, muchos, demasiados, ese era el futuro. Avergonzar vecinos, humillación, marginación. Tuve que irme, como tantos otros. Mi familia humilde. Cuando regreso en verano, siempre igual, no olvido el ritual, de la visita a las cunetas de ese pueblo mío. Ahí están los míos, no en el bar.

Hoy esos vecinos que permanecen impávidos, aún me reciben al llegar, con el resabiado: “hola catalana…”, y dicen bien, no por ser catalana, si no por no sentirme parte de aquella, su historia. No soy catalana, soy una desarraigada. Hoy vivo en Cataluña. Tierra mía también. No tuve elección. Mal lo hicieron; bien estoy.

La tierra la hacen las personas, las personas hacen la tierra. Esa tierra mía, plagada de yugos y flechas por doquier, plagada de placas honoríficas, de recuerdos de alto honor, de calles dedicadas a la Legión, a la División Azul y mil colores más. También siento el negro de dolor.
Tierra aquella para mí de mal presente, ese Santo Domingo de Guzmán, de casa rica, de casa noble, catalanes hubiere de por medio, por eso lo santificaron; monumentos que sublevan el más triste recuerdo, la más triste realidad, ese Onésimo Redondo, altivo en su cima, recordándonos su paso, esa no es mi tierra, esa no es mi gente. Lo fue. Fue aquella que se quedó en las cunetas, o marchó con la emigración, ese Convento de las Huelgas, de infausto recuerdo y peor actualidad, con orgullo exhibe esa placa dedicada al Dictador, nadie pide su retirada, orgullo de su recuerdo, no me pidan complicidad.

Me la quitaron, me la negaron, me la cambiaron, tierra mía, tierra que fuiste. Tierra comunera pudo ser, tierra que negaron también. Inconsciente nací castellana, consciente no lo puedo ser, no comparto su vida, no comparto su ser. Mucho dolor en las cunetas, poco dolor en la memoria de los que hallo en el bar. Poco ha cambiado, poco cambiará.

Esa tierra que un día me echó, hoy sigue echándome, llamándome “catalana”. Nunca he recibido, un “bienvenida a casa, bienvenida a tu tierra”. Ellos me alejan, ellos me distancian. Con resignación lo he de aceptar.

Ya se acaba la visita, volveré a casa, volveré donde vivo, donde tengo el presente, donde tengo el futuro. Con más tristeza si cabe, vuelvo convencida que en mi tierra no cabía, ni los míos tampoco. Los que fueran mis vecinos, me echaron, orgullosos por hacer, altivos, valientes, supremos. Pronto volveré a esta hoy mi tierra y me recibirán, no con un: “¡Hola catalana!”, ni con un “¡Hola castellana!”, si no con un simple “¡Hola Teresa!”, como ha de ser. Me negaron el futuro, me negaron el presente, tenia 10 años.

Tengo 59, ahora ya no me negaran ni el presente ni el futuro. Ahora votaré en noviembre algo tan simple como querer ser, con normalidad, porque lo puedo hacer, porque lo quiero hacer. Con ilusión en un futuro. Si-Si. Ojalá ellos también lo pudieran hacer. A muchos, les pesa que yo lo pueda hacer. Me lo negaron una vez; no lo harán dos. Tal vez pronto, al volver allá, me reciban con un: “Hola Teresa, has luchado por tu libertad…”. ¿Utopía?, ¡no! Voluntad. Esta nueva tierra mía, aquella la que fue.

Profundo dolor siento por aquella tierra que fue mía. Quiero la familia, quiero mi tierra en libertad. Castilla Comunera, Cataluña en libertad. Esas son mis tierras, esas son mis lágrimas. Pobre Castilla mía, gracias Cataluña por la oportunidad. Y seguiré volviendo a ver a la familia y con lágrimas aquella tierra que fue mía. ¡Despierta Castilla mía! No me niegues tu maternidad, no me pidas hoy, complicidad.

Teresa, una exiliada de Aranda de Duero

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